Traducción: Do Paris terror attacks highlight a clash of civilisations?

¿Evidencian los ataques de París un choque de civilizaciones?

Gideon Rachman
16 de noviembre de 2015
Financial Times

multiculturalismo

El multiculturalismo no es una aspiración liberal ingenua, es la realidad del mundo moderno.

Desde que el difunto Samuel Huntington predijo que la política internacional estaría dominada por un “choque de civilizaciones,” su teoría,esbozada por primera vez en 1993, ha encontrado algunos de sus partidarios más entusiastas entre los militantes islamistas. Los terroristas que infligieron los asesinatos en masa en París son parte de un movimiento que contempla al Islam y a Occidente encerrados en un inevitable combate a muerte.

Los líderes políticos occidentales, por el contrario, casi siempre han rechazado los análisis de Huntington. Incluso el ex presidente de los Estados Unidos, George W. Bush dij: “no hay choque de civilizaciones.” Y el día a día en las sociedades multiculturales de las naciones occidentales, muchas de las cuales cuentan con grandes minorías musulmanas, ofrecen una refutación diaria de la idea de que las creencias y culturas diferentes no pueden vivir y trabajan juntas.

En las secuelas de los ataques de París, esta idea central necesita ser reafirmada. Sin embargo, una reafirmación necesaria de los valores liberales no debe impedir un reconocimiento sobrio de algunas tendencias globales malignas. El hecho es que el Islamismo radical está en auge -incluso en algunos países, como Turquía, Malasia y Bangladesh, previamente considerados como modelos de sociedades musulmanas moderadas. Al mismo tiempo, la expresión de la islamofobia está entrado en la corriente política de los Estados Unidos, Europa e India.

Tenidos en cuenta conjuntamente, estos desarrollos están estrechando el espacio para quienes quieren hacer retroceder la narrativa del “choque de civilizaciones”.

Los ataques terroristas, como los sucedidos en París, promueven tensiones entre musulmanes y no musulmanes -tal y como pretenden. Pero también están funcionando tendencias de largo recorrido que impulsan la radicalización. Una de las más perniciosas es la forma en que los estados del Golfo, particularmente Arabia Saudí, ha usado el dinero del petróleo para distribuir formas intolerantes del Islam en el resto del mundo musulmán.

Los efectos son ahora visibles en el sur de Asia, en el subcontinente indio, África y Europa. Malasia siempre ha sido presentada como un ejemplo de nación exitosa y próspera, multicultural, con una mayoría malaya musulmana y una gran minoría de origen chino. Pero las cosas están cambiando. Bilahari Kausikan, un antiguo jefe del ministerio de exteriores en la vecina Singapur, apuntaba “un significativo y contínuo estrechamiento del espacio social y político de los no musulmanes” en Malasia. Y Añade: “las influencias árabes de Oriente Medio ha tenido en mucha influencia, erosionando la variante malaya del Ilam… y sustituyéndolo por una interpretación más austera y exclusiva.” El escándalo de corrupción que está minando el gobierno del primer ministro Najib Razak ha incrementado las tensiones comunes, ya que el gobierno de Malasia ha vuelto a caer en la política de la identidad musulmana para conseguir apoyo. Un jóven ministro del gobierno ha sido recientemente acusado de formar parte de la conspiración judía global contra Malasia.

En Bangladesh, un país musulmán con una constitución laica, los islamistas radicales han sido responsables de asesinatos de intelectuales, blogueros y editores en el último año. Tambén ha habido una escalada de ataques a cristianos, hindúes y musulmanes chiítas. Mucha de esta violencia ha sido perpetrada por el Estado Islámico por AlQaeda. Pero, como en Malasia, el auge del islamismo radical parece estar relacionado con los países del Golfo -a través de la financiación de la educación y de conexiones forjadas por trabajadores migrantes.

Para muchos en Occiente, Turquía ha sido durante mucho tiempo el mejor ejemplo de un país mayoritariamente musulmán y también una exitosa democracia secular. Pero en la era del Presidente Tayyip Erdogan, la religión se ha convertido en algo mucho más importante en la política y la identidad del país. Erdogan ha sido etiquetado como “islamista moderado” por The Economist y otros. Pero no hay nada moderado en su declaración de 2014 de que los occidentales “parecen amigos, pero nos quieren muertos, quieren ver a nuestros hijos muertos.”

Mientras Narendra Modi, primer ministro Indio, no ha dicho nada semejante sobre los musulmanes, pero ha sido acusado durante largo tiempo de tolerar islamófobos y violentos. Durante su perimer mes en el cargo, Modi tranquilizó a algunos críticos concentrándose en reformar la economía. Pero en meses recientes, miembros del partido nacionalita indio Bharatiya Janata, han incrementado una retórica religiosa e islamófoba – con el linchamiento de un musulmán, acusado de comer ternera, dando titulares a nivel nacional.

En Europa, incluso antes de los ataques de París, la crisis migratoria ha ayudado a alimentar a los partidos islamófobos y a los movimientos sociales. Como Alemania ha abierto sus puertas a los refugiados de Oriente Medio, los ataques a los albergues de inmigrantes se han incrementado. En Francia, se espera ampliamente que el ultraderechista Frente Nacional haga ganancias significativas en las elecciones regionales del próximo mes.

La retórica islamófoba también está incrementándose en los Estados nidos y se ha convertido en un lugar común entre los candidatos republicados a las elecciones presidenciales. Ben Carson, que lidera muchas encuentas, ha dicho que no debe permitirse llegar a presidente de los Estados Unidos a ningún musulmán y Donald Trump ha dijo que deportaría a cualquier refugiado sirio admitido en el país.

La confluencia de estos escenarios en América del Norte, Europa, Oriente Medio y Asia está alimentando la idea del choqu de civilizaciones. Sin embargo, la realdad es que el mundo musulmán y el no musulman están entremezclados a lo largo del globo. El multiculturalismo no es una aspiración liberal ingénua -es la realidad del mundo moderno y debe hacerse funcionar. La única alterativa es más violencia, muerte y dolor.

http://www.ft.com/intl/cms/s/2/96b9ed08-8c46-11e5-a549-b89a1dfede9b.html

Una reflexión sobre el derecho a la alimentación

He rescatado, a pesar de ser un poco larga, esta memoria que hice en 2013 para la asignatura Sociedad y Medio Ambiente de la licenciatura en filosofía. 

ASPECTOS FUNDAMENTALES SOBRE EL PANORAMA ALIMENTARIO MUNDIAL:

food to the people

Para una de las mayores empresas cerealeras del mundo – Cargil, los acontecimientos  que se produjeron en Rusia durante el verano de 2010 – que fueron causa de una crisis alimentaria que actuó como detonante de las convulsiones en Túnez, Egipto y otros países de la Primavera árabe- hacían presagiar una oportunidad de negocio. Lo que otros miraban como con la preocupación del impacto que podría tener sobre la seguridad alimentaria mundial era para ellos una situación propia para incrementar sus beneficios. Entendieron que probablemente Rusia suspendería las exportaciones de trigo y otros cereales, anticiparon que eso tendría un efecto de desabastecimiento en países con una alta dependencia de las exportaciones rusas y pusieron en marcha su maquinaria para hacer acopio de grano allí donde lo hubiera, esperar a que se produjera la subida de precios y proceder a la venta con suculentas ganancias. Puntos de vista sobre la crisis alimentaria seguramente habrá muchos, con diferentes aproximaciones e intereses. Lo que para unos es una ‘adecuada lectura de los mercados’ para otros plantea el problema de optar por la demanda interna o la externa, y para muchos otros aún, acarrea seria dificultades de acceso a alimentos en una diaria lucha por la supervivencia.

Intentaremos analizar la problemática entre empresas, estados y los pobres del mundo desde una perspectiva de derechos humanos entendiendo que hay decisiones comerciales, políticas energéticas, movimientos financieros, acuerdos internacionales etc. que en la medida en que contribuyan a agravar la crisis alimentaria mundial actual, estarán violando masivamente un derecho reconocido como tal en la Declaración de Derechos Humanos.

1.
A partir de julio de 2010, Rusia ha sufrido la mayor sequía del último siglo. Se estima que la oleada de incendios que la ha acompañado ha destruido más de 10 millones de hectáreas de cultivo, por lo que los precios del trigo y la cebada subieron irremisiblemente en pocas semanas. Ante la posible situación de carestía de la demanda interior, el gobierno ruso decidió suspender las exportaciones de dichos productos o sus derivados. Todos estos sucesos desencadenaron una
subida de precios en los cereales, especialmente el trigo, en los mercados internacionales, subida comparable a la registrada en pasadas crisis alimentarias
globales. Por otro lado, la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura
y la Alimentación (FAO) revisó a la baja sus previsiones sobre la producción mundial de trigo debido a las condiciones climatológicas. No obstante, señaló que a pesar de los problemas de producción derivados de la crisis rusa, el mercado mundial del trigo se comportaría con relativa normalidad.

El Instituto Internacional de Investigación de Política Alimentaria (IFPRI) consideró
que no había motivos para alarmarse ya que a nivel mundial se registraba
históricamente un exceso de oferta de trigo que vendría a compensar el menor
potencial exportador ruso. Mientras tanto, en países como Mozambique, ya se
registraban las primeras dificultades con el abastecimiento de productos alimentarios básicos. Las opiniones de la FAO señalaron inmediatamente que la cosecha de cereales de aquel año sería una cosecha record, la tercera mayor de la historia de la humanidad, por lo que el mercado estaría bien abastecido. La existencia de trigo en todo el mundo se había repuesto lo suficiente después de la última crisis alimentaria como para cubrir la caída en producción y exportación de varios de los mayores países cerealeros del mundo.

Los datos facilitados por la FAO sobre el índice de precios de los alimentos de aquel mismo año permitieron observar un incremento intenso y abrupto del 30% al índice total de los alimentos registrados y del 57% para el precio exclusivo de los cereales. Dicho índice comenzó a elaborarse por la FAO en 1990. Entre ese año y 2006, el índice registró valores en torno a los 100 puntos, sin que sufriera grandes alteraciones durante 16 años. Sin embargo, a finales de 2007, fecha que data la última gran crisis alimentaria mundial, comenzó una escalada en el índice que, llegando a los 240 puntos en julio de 2011, jamás ha vuelto a los niveles anteriores a 2007. Algunos analistas consideran que a la luz de los datos emitidos por los organismos internacionales la época de los alimentos baratos ha llegado a su fin con la consecuente peligrosidad que se deriva para los países en vías de desarrollo.

Ahora bien, no hay una respuesta coherente a los paradójicos datos ofrecidos hasta el momento. Si bien es verdad que la cosecha mundial de cereales está repuesta tras la última crisis alimentaria y que esta recuperación se ha visto acompañada de la tercera mayor cosecha de la historia, debemos llegar a la conclusión de que no hay una relación inmediata y cabal entre el stock de alimentos básicos y su abrumadora subida de precios. Hay que pensar, por tanto, que hay otros factores diferentes a las cosechas y a los déficit que en cada momento influyen y condiciones la evolución de los precios. Como veremos más adelante, se trata de factores muy diversos con relaciones complejas.

Veamos algunos datos. La producción mundial de cereales ha crecido un 8%, la utilización para consumo humano, un 7%; el consumo para piensos, un 2%, y otros
consumos, como la producción de agrocombustibles, han crecido un 44%. Es decir, el 80% del incremento de la producción de cereales del periodo señalado se ha destinado a otros usos diferentes del consumo humano o la cría y engorde de ganado. En los Estados Unidos, que cosecharon 416 millones de toneladas de cereales en 2009, 119 millones de toneladas fueron a parar a destilerías de etanol para producir combustible para automóviles. Eso es suficiente para alimentar a 350 millones de personas durante un año.

2.
Quizás una de las palabras que más se repiten últimamente sea «crisis». Los
acontecimientos que se han desencadenado en torno a la crisis económica que está afectando especialmente en el último lustro a las economías desarrolladas y que, entre otras cosas, se ha manifestado en grandes operaciones de rescate del sector bancario y en cifras de paro verdaderamente alarmantes, han hecho olvidar la amenaza de una posible crisis alimentaria grave. Pero el olvido en ningún caso significa que sus causas estén resultas a día de hoy. Por desgracia, no hay análisis convincentes que consigan agrupar en un pequeño número de variables los reactivos que la desencadenaron. No faltan ejemplos de presuntos expertos que calificaron las últimas hambrunas como ‘tormentas perfectas’ en las que la dramática confluencia de diversas circunstancias procuraron una situación tan dramática. Esta lectura, sin embargo, puede persuadirnos de pensar una crisis de semejante magnitud de una forma en exceso coyuntural. Sin embargo, existen razones para pensar que en la génesis de estas crisis operan verdaderamente causas estructurales que persisten debido a las tendencias geopolíticas mundiales y sus injustos y asimétricos derroteros.

3.
No se pretende hacer aquí una investigación rigurosa sobre las causas de la crisis
alimentaria de 2007, sino, simplemente, ordenar y recoger distintas aportaciones
que, sobre un contexto mundial, se han venido haciendo acerca del papel de la especulación financiera en las crisis alimentarias.

Si bien la especulación ha sido tratada en diversos análisis como un factor coyuntural, hay al menos un carácter estructural en la completa ausencia de mecanismo regulativos legales a nivel internacional y de paso obligado en los mercados especulativos. La desregulación progresiva de los mercados -es especial en relación a las materias primas agrarias- se inició en la década de los 90 con la eliminación de acuerdos y normas como, por ejemplo, las limitaciones al número de operaciones sobre el mercado de futuros. Esto permitió la afluencia de inversiones de carácter meramente especulativo como sector «refugio» ante la crisis de otros sectores económicos, principalmente del sector inmobiliario. Diversos estudios han señalado que en éstos últimos años el interés de los inversores financieros por las materias primas alimentarias ha crecido de forma exponencial. Una resolución del Parlamento europeo de enero de 2011 atribuía a los movimientos especulativos la responsabilidad del 50% de los recientes incrementos del precio de los alimentos.

El incremento del precio del petróleo es otra de las causas que muy probablemente esté actuando en el actual incremento de los precios por diversas vías. La situación en Libia e Irán pueden tener una influencia directa e importante en la evolución del precio del barril de Brent. Las revueltas que se han producido en Túnez, Egipto, Libia y otros países del norte de África y Oriente Próximo han tenido entre sus detonantes el aumento de los precios de los alimentos; y la posterior inestabilidad política en la región puede explicar, al menos parcialmente, la subida del precio del petróleo. La relación entre el precio del petróleo y el de los alimentos está servida, ya que el aumento del precio de aquel aumenta sin solución el costo de transporte e insumos de éstos -fertilizantes, pesticidas y maquinaria agrícola cuya síntesis, transporte y/o funcionamiento están directamente vinculados con el petróleo. No debemos pasar por alto que el transporte y la agricultura son las dos actividades económicas que utilizan
mayor proporción de petróleo como fuente de energía, lo que las hace muy sensibles a las oscilaciones de su precio. Tanto es así, que diferentes estudios estiman que para el caso de los Estados Unidos, el incremento de los costes agrícolas relacionados con el petróleo pudo suponer entre 2002 y 2007 entre un 10 y un 20% de incremento del precio de los principales cultivos.

Además, el incremento del precio del petróleo que se ha venido produciendo
progresivamente ha provocado el aumento de la demanda de agrocombustibles, que también tienen un efecto colateral en el incremento de los precios alimentarios. En unos casos, porque se producen con materias primas agrícolas: solamente en Estados Unidos, en 2010, se dedico el 35% de la producción total de maíz a la obtención de etanol. Si tenemos en cuenta que Estados Unidos produce el 40% del maíz, con esos datos podemos deducir que, como mínimo, el 15% de la producción mundial de maíz se destinó a producir combustible. En otros casos, sin embargo, los biocombustibles se obtienen de cultivos no alimentarios, pero que requieren grandes extensiones de tierra y significativos volúmenes de agua para su producción, por lo que se establece una competencia con los cultivos alimentarios, no del lado de la demanda, sino por el de la oferta, ya que los recursos productivos que se emplean a obtener biocombustibles de este modo no se destinan a cultivos de alimentos.

Como hemos comentado anteriormente, la enorme inversión de los Estados Unidos en destilerías de etanol en un contexto de carestía y escasez de petróleo, prepara un escenario para la competencia directa entre alimentar los depósitos de nuestro parque automovilístico o el de saciar el hambre de millones de personas. En Europa, donde gran parte de la flota de automóviles funciona con combustible diesel, hay una creciente demanda de carburantes a base de plantas, principalmente colza y aceite de palma. Esta demanda de los cultivos de oleogasolinas no sólo tiende a reducir la tierra disponible para producir alimentos, también está impulsando la tala indiscriminada de regiones forestales para un nuevo uso agrícola. En el caso estadounidense, además, la producción de bioetanol ha provocado la rápida expansión de los cultivos de maíz, al tiempo que se reducía la superficie -y consiguiente producción- de otros productos
alimentarios como la soja. Una vez mermada la oferta, el precio se dispara en la misma proporción registrándose subidas del 75% en un sólo año.

La IFPRI plantea ahora -desde el momento en que una gran parte de las cosechas se destinan a la producción de carburantes- un vínculo inexorable entre la oferta de alimentos y la oferta de combustibles que afectará a los precios de ambos durante las próximas décadas. En algunos países, los objetivos de paliar el aumento de precios del petróleo a base de producir y consumir oleocombustibles está siendo acompañada de importantes programas gubernamentales de subsidios agrícolas que incentivan los cultivos en esta dirección, agravando la tensión de una futura crisis alimentaria.

Otro de los factores que parecen haber afectado a la demanda de alimentos es la depreciación del dolar frente a algunas principales monedas (sean éstas la libra, el euro o el yen) y su impacto en los mercados de cereales. Desde 2002 a 2008, la moneda norteamericana se había depreciado en torno a un 30%, de manera que los precios de los alimentos expresados en dólares también se vieron empujados al alza debido al peso que tiene EEUU en la producción y exportación de materias primas alimentarias como el maíz, el trigo o la soja.

Otra de las causas que afectan al precio de los alimentos, del lado de la demanda, es el crecimiento demográfico. Según las últimas estimaciones de la ONU, el planeta ya está poblado por 7.000 millones de seres humanos, y dentro de 40 años se alcanzarán los 9.000 millones. La natalidad mundial agrega 80 millones de personas cada año. En algún momento este crecimiento incesante comenzará a gravar tanto las habilidades de los agricultores como los límites de los recursos productivos -tierra y agua- del planeta. Hay que tener en cuenta, además, que el crecimiento mundial de la población va a afectar fundamentalmente a las ciudades. Las previsiones apuntan a que la población rural se está estancando en términos absolutos, y de entra ella, la dedicada al
trabajo agrícola, pecuario o pesquero también tiende a estancarse. Esto planeta, en el medio plazo, el desafío de alimentar a una población creciente con un número decreciente de población agrícola.

Además, y ligado al problema anterior, se está produciendo un significativo cambio en los patrones de consumo alimentario en algunas de las economías emergentes, como China e India, que por sí solas pueden representar un incremento elevado en la demanda global de alimentos. En la actualidad, se estima que hay alrededor de 3.000 millones de personas en movimiento hacia arriba en la cadena alimentaria, esto es, que comen mayor cantidad de carne de ganado intensivo en cereales y productos avícolas. El aumento de consumo de carne, leche y huevos en los países en desarrollo está experimentando un crecimiento sin precedentes. En lo que a demanda de alimentos se refiere, es tan relevante la cantidad de alimentos consumidos como el tipo de alimentación que tenemos. Las dietas ricas en carne suponen una mayor demanda y ejercen mayor presión sobre los recursos primarios, ya que la cantidad de grano que
ingesta una cabeza de ganado es aproximadamente de 1200 veces su peso. Si generalizásemos la dieta norteamericana, rica en carne, a toda la humanidad, la cosecha mundial de alimentos solo alcanzaría a 2.500 millones de personas, poco
más de la tercera parte de la población del planeta. Con el nivel promedio de Italia -con costumbres gastronómicas menos cárnicas- alcanzaría para alimentar a unos 5.000 millones de personas, y con el de la India, a 10.000 millones. No cabe duda que los hábitos alimenticios de estos países tienen que ver en la demanda mundial de productos agrícolas. Sin embargo y por desgracia, da la impresión de que el modelo que está exportando y que está colonizando el mundo es el estadounidense, el modelo McDonald’s.

Al incremento de la población y de la demanda de alimentos se añade el hecho de las enormes pérdidas de alimentos que están influidas por los patrones de producción, las capacidades infraestructurales, las cadenas de comercialización,los canales de distribución y por supuesto, por los usos y prácticas de los consumidores. Un reciente informe de la FAO concluye que alrededor de un tercio de todos los alimentos que se producen en el mundo para consumo humano se pierden, lo que equivale a la mitad de la cosecha anual de cereales.

Este desperdicio de alimentos se reparte casi a partes iguales entre países
desarrollados y países en desarrollo, aunque analizando las diferencias per cápita, éstas no son despreciables, ya que en Europa y Norteamérica las pérdidas con de
entre 95 a 115 Kg al año por persona, mientras que en África subsahariana son entre 6 y 11 kg por persona y año. Además, el informe muestra que las pérdidas de alimentos que se producen en manos de los consumidores son mínimas en la mayoría de los países en desarrollo -en los que las pérdidas se distribuyen en fases anteriores del proceso como son postcosecha, distribución, etc.- y sin embargo, son muy altas en los países industrializados. De hecho, con los alimentos que se pierden en las manos de los consumidores de los países ricos se podría alimentar a toda África subsahariana. habría que revisar a fondo este sistema agroalimentario mundial que se permite pérdidas tan cuantiosas en medio de un mundo que pasa hambre.

Los recursos básicos para la producción de alimentos, recursos que indicen de modo estructural sobre la oferta de los mismos, son la tierra y el agua. La oferta mundial de alimentos se verá directamente relacionada por la gestión que se haga de estos dos recursos. Los fenómenos de urbanización creciente, con la pavimentación de caminos, carreteras, zonas comerciales y residenciales, aparcamientos, etc. van colonizando áreas que, en muchos casos, fueron agrícolas. El crecimiento del parque automovilístico ejerce, por este lado, otra fuente de presión sobre estos recursos necesarios. Se estima que por cada 5 millones de automóviles añadidos a la flota de un país hay que pavimentar aproximadamente 400.000 hectáreas de terrero para acomodarlos, y las tierras de cultivo son a menudo las que se pierden. Este fenómenos está teniendo un impacto importante en países densamente poblados que están en proceso de rápida industrialización como son India y China.

Otra realidad es que, según señala un reciente informe de Oxfam internacional, en los últimos 15 años se ha estancado el crecimiento de la superficie terrestre destinada a cultivos y que incluso ésta a empezado a decrecer. Además, la erosión del suelo, de la que ya hablamos de forma muy sucinta, también afecta a la productividad de grandes regiones agrícolas. Se estima que un tercio de las tierras cultivables del mundo pierde la capa superior del suelo más rápidamente de lo que se recupera a través de procesos naturales, y por lo tanto, pierde su productividad inherente. En países con grave erosión del suelo, tanto la producción como la productividad agrícolas han forzado a los agricultores al uso indiscriminado de fertilizantes o bien al abandono de las tierras. El resultado es la expansión del hambre y la creciente dependencia de las importaciones.

Junto a ello, se está produciendo en los últimos años un proceso muy intenso de
acaparamiento de tierras en países en desarrollo por parte de grandes inversores.
Hablamos de cerca de 80 millones de hectáreas, de las cuales el 60% se ubican en África. Es muy probable que buena parte de estas tierras no se dediquen a la
producción de alimentos, sino a biocombustibles o fibras para la industria textil. En
el hipotético caso en que se dediquen a la producción de alimentos, es dudoso que éstos se dediquen a satisfacer la demanda interior de los consumidores locales. Este acaparamiento está afectando a poblaciones campesinas que tendrán mayores dificultades para tener acceso a la tierra.

Igualmente preocupante es la situación en lo que respecta al agotamiento de acuíferos que se está acelerando por la utilización a gran escala de las bombas mecánicas para explotar el agua subterránea. Hoy en día, la mitad de la población mundial vive en países cuyas capas freáticas están descendiendo por el bombeo excesivo que agota los acuíferos. Una vez que un acuífero se ha agotado, el bombeo se reduce necesariamente a la tasa de recarga, a menos que sea un acuífero fósil que no se repone, en cuyo caso el bombeo termina por completo. tarde o temprano, esta situación revertirá en el precio de los alimentos. El agotamiento de los acuíferos conduce a una rápida disminución de la cantidad de superficie de regadío en muchas regiones del mundo, como por
ejemplo, Oriente Medio, especialmente Arabia Saudí, Siria e Irak.

En Arabia Saudí, que dependía totalmente para su autoabastecimiento de trigo de un acuífero fósil que se encuentra ahora agotado, dejando al país por completo sumido en la dependencia los países exportadores. En India, 175 millones de personas se alimentan con grano que se produce sobreexplotando las aguas subterráneas. En China, el bombeo excesivo provee de alimentos a 130 millones de personas. El agotamiento de acuíferos se traducirá necesariamente en un descenso de la producción, en un encarecimiento de semillas básicas y en el consiguiente aumento del número de personas que vive en situación de hambre.

Las dificultades de acceso a los recursos productivos por parte de las poblaciones en mayor peligro de inseguridad alimentaria se unen a un factor exógeno al propio sistema agroalimentario pero con efectos importantes en la crisis de los precios de los alimentos y que tendrá implicaciones de profundo calado en la producción alimentaria en el futuro: el cambio climático. El aumento de la temperatura está haciendo más difícil ampliar la cosecha mundial de cereales lo suficientemente rápido para mantener el ritmo record de la demanda. Se estima que por cada grado centígrado de aumento en la temperatura por encima del  óptimo durante una temporada de crecimiento, podemos esperar una disminución del 10% de los rendimientos de grano. Este efecto de la temperatura sobre el rendimiento fue muy visible en el oeste de Rusia durante el verano de 2010; la cosecha fue diezmada cuando la temperatura se elevó muy por encima de lo normal.

Junto a las limitaciones propias del impacto climático y del menor acceso a los recursos productivos, hay que señalar el estancamiento del rendimiento de los cultivos. La última década ha sido testigo de la aparición de una nueva restricción en el crecimiento de la productividad agrícola mundial: la existencia cada vez menor de tecnologías sin explotar. En algunos países agrícolamente avanzados, los agricultores utilizan todas las tecnologías disponibles para aumentar los rendimientos. En Japón, el primer país en ver un aumento sostenido en el rendimiento de grano por hectárea, los rendimientos del arroz se han estancado durante los últimos 14 años. Una situación similar ocurre con los rendimientos del trigo europeo. Los mayores productores de alimentos del mundo se encuentran ante una situación en la que se ven incapacitados para aumentar
los rendimientos de las cosechas, sea por falta de innovación en las tecnologías
agrícolas o bien por estar rozando un límite bioproductivo insuperable.

Por otro lado, el abandono de la agricultura de pequeña y mediana escala en los países desarrollados es otra de las principales causas del incremento del precio de los alimentos. La reducción de inversión pública en agricultura en los países en desarrollo ha sido imparable en los último 30 años. El informe de Desarrollo del Banco Mundial de 2008 indica que la inversión pública en agricultura en los países cuyas economías se basan fundamentalmente en este sector no alcanza el 4% del total del gasto. Esta cifra se aleja mucho del 10% que invertían de media en 1980 aquellos países que, comparativamente, han logrado mejores niveles de desarrollo. La consecuencia inmediata de tal abandono es el dramático incremento de la dependencia de los países en desarrollo de los mercados internacionales alimenticios y, por tanto, de su mayor vulnerabilidad a la fluctuación de los precios internacionales. De esta manera, en los últimos 30 años, los 49 países más empobrecidos del mundo pasaron de ser exportadores a importadores netos de alimentos. Los países africanos intentaron dar respuesta a ésta solución ya en 2003, mediante la firma de la declaración de Maputo, en la Unión Africana acordaron incrementar el gasto público en agricultura al 10% del
PIB. Sin embargo, son pocos países los que han logrado cumplir lo prometido.

También la ayuda oficial al desarrollo destinada a la agricultura ha descendido
dramáticamente en las últimas tres décadas, pasando del 18% en 1978 al 3% en 2007. A raíz de la crisis alimentaria de 2008 se ha ido incrementando tímidamente, aunque no ha vuelto a recuperar los niveles que podríamos calificar de deseables. Entre los factores que explican el abandono del sector agrícola se encuentran las recetas impuestas por las instituciones financieras internacionales que, a través de sus programas de ajuste estructural, han promovido la transformación de la agricultura de pequeña escala en modelos agroextensivos orientados a la exportación que benefician, principalmente, a las grandes corporaciones multinacionales y perjudican a la agricultura familiar, la agricultura campesina, los pescadores artesanales y los sistemas de producción indígena.

A ello hay que sumar las consecuencias de la deuda externa de los países en desarrollo. Desde finales de los 70 y principios de los 80 -cuando estalla la crisis de la deuda- los países en desarrollo vienen invirtiendo más en el pago de los intereses de la deuda, siempre bajo las recomendaciones del Fondo Monetario Internacional, que en servicios sociales y productivos, entre los que se encuentra la agricultura.

No podemos olvidar, por último, que en esta lógica de crisis alimentaria forjada como resultado de la evolución asimétrica e injusta del sistema mundial, también se encuentran las implicaciones de la firma de numerosos tratados comerciales bilaterales y multilaterales con los países ricos que supuestamente iban a mejorar
el acceso a los mercados internacionales y a combatir la pobreza eficazmente. Sin embargo, éstos tratados han sido perniciosos para el sector agroalimentario de los países en desarrollo, permitiendo, con la aquiescencia de la Organización Mundial del Comercio, que los países ricos (especialmente EEUU y la UE) continuaran aplicando abusivos subsidios, mientras se exigía que los países pobres liberalizaran su agricultura. La consecuencia ha sido una total dependencia por parte de los países del desarrollo de los precios agrícolas internacionales distorsionados por los subsidios de los países industrializados, afectándoles de forma desproporcionada el alza internacional de los precios de los alimentos.

4.
Como se ha señalado, diversos analistas coinciden en afirmar que la época de la comida barata se ha terminado y no volverá. La subida de los precios de los alimentos no es un problema coyuntural sino que responde a una multitud de causas estructurales íntimamente ligadas. En las perspectivas para la agricultura en el periodo 2010-2019 que publicaron la FAO y la OCDE el año pasado, antes de que se produjera el nuevo repunte de los precios de los alimentos, ya se señalaba que éstos seguirían estando durante toda la década en niveles considerablemente altos.

El premio Nobel de Economía Paul Krugman, ha declarado recientemente que «lo que nos están diciendo los mercados de las materias primas es que vivimos en un mundo finito, en el cual el crecimiento rápido de las economías emergentes está presionando a la oferta limitada de materias primas.» No se trata de un factor coyuntural; son factores estructurales que nos deberían llevar a revisar y transformar «la forma en que vivimos, adaptando nuestras economías y nuestro estilo de vida a una realidad de recursos cada vez más escasos». La actual crisis alimentaria, la que se abrió en 2007-2008 y que en ningún casi hemos superado, será recordada, muy posiblemente como una crisis histórica. No sólo debería haceros pensar en lo que está ocurriendo en Túnez y otros países del Mediterráneo ha sido precisamente el encarecimiento de los alimentos, sino
además, en el sentido en que o bien la humanidad en su conjunto revisa sus pautas de consumo, su modelo energético y sus hábitos alimenticios o la situación empezará cada vez más a cobrar tintes aún más dramáticos.

BIBLIOGRAFIA

LIBROS
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REVISTAS
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ARTÍCULOS
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– Datos y caprichos. Rebelión.org. 10-10-2008.
FERNÁNDEZ LIRIA, Carlos – ¿Quién Cabe en el mundo? Público. Enero de 2008.
– Los diez mandamientos en el siglo XXI. Rebelión.org. 20-01-2009
KRUGMAN, Paul – Sequías, inundaciones y alimentos. El país. Febrero de 2011.
RIECHMANN, Jorge – menos carne, mejor carne, vida para el campo. Rebelión.org. 16- 03-2007
-Reflexiones ecosocialistas sobre capitalismo y crisis ecológica. Rebelión.org. 16-12-2011

CONFERENCIAS/CURSOS
Pedro Prieto y Jorge Riechmann – La crisis energética, ecológica y climática.
Curso Crisis Dignidad y Alternativas. 1ª sesión. 12/11/2012
Jose Manuel Naredo y Carlos Berzosa – La crisis del capitalismo financiarizado.
Curso Crisis Dignidad y Alternativas. 2ª sesión. 19/1/2012
Arcadi Oliveres y Breno Bringel – La crisis del agua, los medicamentos y alimentaria.
Curso Crisis Dignidad y Alternativas. 3ª sesión. 26/1/2012
Carlos Taibo – En defensa del decrecimiento. Jornadas decrecimiento y ecologia CMU Chaminade. 1ª sesión. 4/03/2013
Jorge Riechmann – Perspectivas ecosocialistas. Jornadas decrecimiento y ecología CMU Chaminade. 2ª sesión 6/03/2013
Yayo Herrero – Propuestas ecofeministas para un sistema cargado de deudas.
Jornadas decrecimiento y ecología CMU Chaminade. 3ª sesión. 13/03/2013

Marvin Harris – La vaca sagrada

Los estudios de costos y rendimientos energéticos muestran, en contra de nuestras expectativas, que la India utiliza su ganado vacuno con mayor eficiencia que Estados Unidos. El doctor Odend’hal descubrió en el distrito de Singur, en Bengala Occidental, que la eficiencia energética bruta del ganado vacuno (definida como el total de calorías útiles producidas en un año dividido por el total de calorías consumidas durante el mismo período) era del 17 por 100. Esta cifra contrasta con la eficiencia energética bruta inferior al 4 por 100 del ganado de carne criado en los pastizales de Occidente. Como dice Odend’hal, la eficiencia relativamente alta del complejo ganadero indio no obedece a que los animales sean especialmente productivos, sino a que los hombres aprovechan con sumo cuidado sus productos: «Los aldeanos son muy utilitaristas y nada se desperdicia.»

El despilfarro es más bien una característica de la moderna agricultura mecanizada que de las economías campesinas tradicionales. Por ejemplo, mediante el nuevo sistema de producción automatizada de carne de vaca en Estados Unidos no sólo se desperdicia el estiércol del ganado, sino que se deja que contamine las aguas freáticas en extensas áreas y contribuya a la polución de ríos y lagos cercanos.

El nivel de vida superior que poseen las naciones industrializadas no es consecuencia de una mayor eficiencia productiva, sino de un aumento muy fuerte en la cantidad de energía disponible por persona. En 1970, Estados Unidos consumió el equivalente energético a 12 toneladas de carbón por habitante, mientras que la cifra correspondiente a la India era la quinta parte de una tonelada por habitante. La forma en que se consumió esta energía implica que cada persona despilfarra mucha más energía en Estados Unidos que en la India. Los automóviles y los aviones son más veloces que las carretas de bueyes, pero no utilizan la energía con mayor eficiencia. De hecho, el calor y el humo inútiles provocados durante un solo día de embotellamientos de tráfico en Estados Unidos es un despilfarro energético mayor que el de todas las vacas de la India durante todo el año. La comparación es incluso menos favorable si consideramos el hecho de que los automóviles atascados están quemando reservas insustituibles de petróleo para cuya acumulación la Tierra ha requerido decenas de millones de años. Si desean ver una verdadera vaca sagrada, salgan a la calle y observen el automóvil de la familia.

Marvin Harris – Vacas, cerdos, guerras y brujas.