Traducción: Becoming the third wave by Rebecca Walker

Comenzando la tercera ola

Rebecca Walker
MS magazine no.11 (1992)

No soy una de esas personas que se sientan paralizadas tras el televisor, viendo los discursos del Senado. Tengo clases a las que ir, artículos que escribir y, francamente, todo era demasiado doloroso. Un hombre negro ha sido interrogado implacablemente por sus tendencias sexuales por un grupo de hombres blancos. Una mujer negra denunciando acoso y sufriendo descrédito por otra mujer… No podía resignarme a ver semejante asalto sensacionalista contra el espíritu humano.

Para mi, los discursos senatoriales no trataban sobre si Clarence Thomas fue o no efectivamente acosada por Anita Hill. Estaban a punto de comprobar y definir el grado de credibilidad y poder de las mujeres.

¿Puede la experiencia de una mujer socavar la carrera de un hombre? ¿Puede la voz de una mujer y su sentido de la autoestima y la injusticia desafiar una estructura cimentada sobre el sometimiento de nuestro género? El testimonio de Anita Hill amenazaba con hacer eso y más. De no haberse producido la confirmación de Thomas, todos los hombres en los Estados Unidos hubiesen estado en peligro. ¿Cuantos senadores no han hecho una broma sexista? ¿Cuantos hombres no han usado sus privilegios para frustrar de alguna manera la influencia o las ideas de una colega, amiga o familiar mujer?

Para aquellos cuyo sentido del poder esta conectado directamente con la salud y el vigor de su pene, habría sido una castración metafórica. Por supuesto, esto es una amenaza demasiado grande.

Mientras algunos pueden alabar completamente el espectáculo, para los concienciados se trató del acoso sexual, cuyo resultado real es mucho más instructivo. Él fue ascendido. Ella fue repudiada. Los hombres estuvieron seguros de su pene/poder. Las mujeres fueron amonestadas a conservar sus experiencias para ellas mismas.

La reacción contra las mujeres estadounidenses es real. Como la idea errónea de la igualdad de los sexos se hace más omnipresente, también lo es el intento de reducir los límites del poder político y personal de las mujeres. La confirmación de Thomas es la última manifestación de apoyo al paradigma masculino del acoso y manda un mensaje claro a las mujeres: “¡Cállate! incluso cuando hables, no escucharemos.”

No seré silenciada.

reconozco el hecho d que vivimos bajo asedio. Tengo la intención de contraatacar. He descubierto y dado rienda suelta a tanta ira reprimida como no creía posible. Por enésima vez en mis 22 años, he sido radicalizada, politizada, y agitada hasta despertar. He venido a expresarme de nuevo, y esta vez mi voz no es conciliadora.

La noche anterior al testimonio de Thomas, pregunté a los hombres con los que había intimado qué pensaban del tema. Su preocupación principal fue la propensión de Thomas de demoler los derechos civiles y las oportunidades para las personas de color. Pongo en marcha una discusión. “¿Cuándo los hombres negros progresistas priorizarán mis derechos y bienestar? ¿cuándo dejarán de hablar de la tan maldita ‘raza’ como si sólo tuviera que ver con ellos?” Me dicen que tengo el corazón a flor de piel. Y grito: “necesito saberlo ¿estáis conmigo o vais a ayudarles a destruirme?”

Una semana después estoy en un tres de camino a Nueva York. Una hermosa mujer y su hija, ambas vistiendo de verde, se sentaron cerca de mí. La chica pequeña tiene trenzas. Su piel marrón es brillante y lisa, sus ojos brillaban felices mientras miraba a través de la ventana. Dos hombres entraron en el tren y se sentaron directamente detrás de mi, sacudiendo mi asiento haciendo el mismo ruido como con el que entraron. Me enterré entre el sonido y la furia. Empezaron a hablar a gritos sobre las mujeres. “Macho, me follé a esa puta toda la noche y nunca volví a llamarla.” “Colega, hay montones de chiquillas por ahí, ya sabes, viviendo en Tyrone. Bueno, pillaré esa mierda.” La madre se movió aún más cerca de su ahora paralizada hija. Mirando su pequeña espalda, pude ver que estaba escuchando a los hombres. Pensaba en cómo podía transformar la situación por la que el silencio de todas las personas del vagón nos hacía cómplices. Otro hombre imponente entra en el vagón. Tras intercambiar saludos ruidosos con los otros dos hombres, se sentó a mi lado. Les dijo que estaba de camino a Philadelphia para visitar a su mujer e hijo. Me engañé pensando que sería diferente. Después, “Macho, hay toneladas de mujeres en Phill, esperando a que les des lo suyo.” Me giré y permití a mi ojos verter su fuego en ellos. Uno de ello ocupa dos asientos y tiene en las manos unos enormes nudillos inflamados. Me imagino los anillos de oro de sus dedos impactando contra mi cara. Sintió algo, “¿Cómo te llamas, preciosa?” Los demás hombres se inclinan hacia adelante sobre sus asientos.

Mi instinto me advirtió, aconsejándome permanecer al margen. “Ya que veo que todos ustedes no van a hacer nada, lo haré yo.” Fui al primer vagón. Estoy tan enfadada que me engullen los pensamientos de asesinato, de represalia física contra ellos. Estoy completamente fuera de mí, a un paso de convertirme en pura fuerza. Estoy harta del modo en que las mujeres son negadas, violadas, devaluadas, ignoradas. Estoy furiosa, y mi ira es implacable contra los que invaden mi espacio, contra los que desean olvidar mis derechos, contra los que rechazan oír mi voz. Los días pasan, y me presiono a mi misma para imaginar lo  que significa ser parte de la Tercera Ola del Feminismo. Comienzo a darme cuenta de que me lo debo a mí misma, a mi pequeña hermana del vagón, a todas las hijas que aún están por nacer, y que debo empujar mi rabia más allá y articular una agenda. Tras combatir con ideas como el separatismo y la militancia, conecté con mis propios sentimientos de vulnerabilidad. Comprendí que llevar a cabo una transformación si estoy verdaderamente comprometida con el empoderamiento de las mujeres. Mi compromiso debe ir más allá de mi propia voz en discusiones, más allá del voto, más allá de leer teoría feminista. Mi rabia y conciencia deben traducirse en acciones tangibles.

Estoy preparada para decidir, como lo hizo mi madre antes que yo, dedicar mucha de mi energía en la historia, la salud y la curación de las mujeres. Cada una de mis acciones deben corresponderse con mi canon feminista de la justicia. Ser feminista es integrar la ideología de la igualdad y el empoderamiento femenino en cada fibra de mi vida. Es buscar la claridad personal en medio de la destrucción sistemática, unirse en comunidad con otras mujeres con las que habitualmente estamos divididas, es entender el poder con la intención de transformarlo. Mientras que todo esto suena sencillo, es precisamente el tipo de compromiso que las personas de mi alrededor no están dispuestas a tener. Por eso escribo esto, como un llamamiento a todas las mujeres, especialmente a las mujeres de mi generación: tomad el testimonio de Thomas como recordatorio, como lo he hecho yo, de que la lucha está lejos de haberse terminado. Permite que esta desestimación de la experiencia de una mujer movilice tu ira. Convierte este atropello en poder político. No les votes a menos que trabajen para nosotras. No tengas sexo con ellos, no compartas el pan con ellos, no les alimentes si no priorizan nuestra libertad a controlar nuestros cuerpos y nuestras vidas.

No soy una feminista postfeminista. Soy la Tercera Ola.

http://www.msmagazine.com/spring2002/BecomingThirdWaveRebeccaWalker.pdf

 

Un enlace de contexto:
http://elpais.com/diario/1992/10/07/ultima/718412401_850215.html

Una charla de la autora: The Sovereign Self: Is it Possible to Find Freedom in the Age of Ideology? (en inglés):

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Un comentario en “Traducción: Becoming the third wave by Rebecca Walker

  1. Pingback: Relecturas feministas para narrar las violencias - Revista Anfibia

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